18 abr. 2007

Soñar... soñar

Compañero del ser humano desde que se tiene conocimiento de su existencia, el sueño es como el desván donde está y se guarda celosamente toda nuestra existencia, la pública y la privada. A veces compartimos parte de ese desván y en otras ocasiones extendemos una muralla infranqueable para que no se tenga acceso.
En el sueño nacemos, reimos, lloramos y morimos, y si es necesario, volvemos a nacer. Es como el cuento interminable. También es de las pocas cosas de las que no se nos puede privar.
Podemos hasta ver y hablar con nuestros seres queridos, esos que algun día se fueron. Cuando el sueño llega a su fín, sentimos tristeza y alegría; la realidad siempre supera a la ficción, los muertos siguen muertos, pero nos esperan a ser resucitados la próxima vez. Y algún día nos tocará ser los actores de este escenario, estaremos vivos estando muertos aunque sea por pocas horas, minutos o segundos, llevando la ilusión, el desengaño, la alegría o la tristeza a quienes nos llamaron en sus sueños.
Conocí a una mujer, que llevaba pocos meses viuda. Hace un año perdió a un hijo en un accidente. Alguien le habló de la resurección de los muertos y le aseguró que vería pronto a su esposo y su hijo. Yo, un luchador voraz contra la charlatanería, la religión, la parapsicología, ví a esta mujer hace unos días en el cementerio. Me habló y me dijo que vería a su hijo y a su marido algún día...agaché la cabeza, ocultando unas someras lágrimas y silencié. No le dije lo que pensaba de tales creencias, más bien volví a casa sumido en una profunda tristeza.
Gran dilema, decir lo que se piensa o callar por humanidad. ¡Cómo le iba a decir a esa mujer mi opinión¡ Creo que actué con razocinio. Todos tenemos derecho a soñar y la obligación de seguir luchando por la vida.
Nadie me quitará seguir viendo a la gente que se me ha ido. Aunque el amanecer sea como un desolador e impetuoso viento, tengo la esperanza de volverlos a abrazar de nuevo, por unas horas, minutos o segundos.